Cuando la realidad se torna ficticia, deja de serlo; pero, ¿cuál es la realidad?
Por Juan I. Muela
Todos somos Truman. O acaso nunca imaginaron que están complotados en su contra y hacen todo con un fin determinado. Es un complot, de la realidad. Desde la primera escena el director nos muestra hacia donde se dirige: un reflector que cae en medio de la calle cuando el protagonista saluda a sus vecinos. Nadie se da por aludido, salvo Truman. Luego, camino al trabajo, en la radio le informan que un avión perdió partes cuando sobrevolaba Seaheaven.
Él es un tipo normal, con sueños, trabajo y esposa. Nada fuera de lo común. Clase media gracias al trabajo como asegurador de él y el trabajo de enfermera de ella, un auto, la casita, la idea de viajar a Fiji. Sólo la idea, porque las puertas se le van cerrando a medida que intenta avanzar. Pero sospecha.
Sin embargo, El Show de Truman no es sólo búsqueda. También hay un amor de la secundaria que no hace otra cosa que motivar esa búsqueda. Porque el amor mueve fronteras. Truman derriba muros.
Sin dudas que es una película para ver. Y aunque hoy se cumplen 11 años de su estreno en nuestro país, es de esas películas atemporales que pueden proyectarse en cualquier época y dirá mucho. Como crítica social, como historia de amor, como idea original.
Nuestra opinión: Excelente
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