Todo fue muy rápido. El día anterior lo habían apresado. Amenazar al Presidente no se puede pasar por alto. Sin pensarlo dos veces dictaminaron su sentencia y el 1° de febrero de 1931 fue fusilado frente a la atenta mirada de periodistas, policías, testigos, curiosos y verdugos. “¡Viva la anarquía!” grito antes de los disparos. “Venda no” había dicho segundos antes, para intimidar a los ejecutores. Para mirarlos a la cara y plantarse sobre sus ideas, más vivas que nunca pese a que lo llevaron a la muerte.
Uno de los periodistas de ese día fue Roberto Arlt, quien retrató los últimos minutos de la vida del anarquista Severino Di Giovanni con lujo de detalle, con esas particularidades que sólo algunos pueden percibir ante tamaña situación como debe ser presenciar la muerte en vivo. Detalles que los grandes escritores pueden ver, pensar, imaginar. “El condenado camina como un pato”, escribe. “Algunos espectadores se ríen”, agrega. Ve todo; en su conjunto y un poco más.
Di Giovanni se exilió en la Argentina en 1922, escapando del fascismo de Mussolini. Pero el problema eran sus ideas, no el lugar donde las profesara. Y aquí también tuvo que escapar continuamente para no ser apresado. Es que el problema no es sólo lo que podía pensar, sino que, como escribió él mismo horas antes de ser asesinado, eligió la lucha, enfrentarse a la sociedad, ser un hombre peligroso. Se le adjudican varios atentados como la voladura de la Embajada de Estados Unidos en Argentina y la del consulado Italiano en Buenos Aires, en la que mató a siete fascistas cercanos a Mussolini.
Severino murió por anarquista. Por enfrentarse al enemigo más poderoso: el Estado. Fiel a sus ideales, promovía el autogobierno, la autopropiedad de las personas. No quería que le digan lo que tenía que hacer. Y lo hizo saber. Con la dinamita en una mano y los libros de Bakunin y Malatesta en la otra, Con Sacco y Vanzetti en la memoria reciente, Severino marchó con la frente en alto contra el sistema que mataba a la gente que pensara como él.
Ese día, hace 78 años, pidió un último deseo: un café bien dulce. Y hasta eso rechaza al grito de “¡pedí con azúcar!”. La Penitenciaría Nacional, esa que estaba donde ahora se encuentra el Parque Las Heras, aguardaba el momento. Todavía no salía el sol del domingo cuando, de a poco, iban llegando los espectadores.
El señor de frac con zapatos de baile, Gauna, Álvarez, González Tuñón y Gómez preparan la tinta. Los disparos resuenan, ocho de ellos dan en el cuerpo del anarquista. El escritor mira, ve en cámara lenta. Acaso de que otra forma puede ver tantos detalles. El eco de la voz de Severino todavía late en los oídos. La inmortalidad lo espera, como a sus ídolos, para convertirlo en un referente, en un ejemplo para los anarquistas.

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