Los casos de Pablo García y el de Gianmarco Dolce ponen en
los titulares de los diarios, nuevamente, el flagelo de la peor inseguridad que
sufrimos los argentinos desde hace mucho tiempo: la inseguridad vial. Si bien
no están en los titulares por las muertes causadas, sino por ser hijos dé, creo
que es una oportunidad para convertir esos titulares en acciones que nos lleven
a tomar decisiones, sobre todos a nuestros gobernantes, para cambiar la
realidad.
Es una pena ver debates sobre de quién es la culpa en casos
en que el accidente se produjo por negligencia de las víctimas y de los
victimarios, ya que todo se evitaría si tan sólo se siguieran las normas de
tránsito, elaboradas para salvar vidas, no para complicarnos nuestro transitar.
En los casos mencionados, ambos conductores alcoholizados
siguen en libertad, pese a que manejaban con más del doble y del triple del
límite permitido. No sólo que delinquieron al sobrepasarse en la ingesta de
alcohol, sino que a causa de esto provocaron la muerte de terceros.
En su declaración, García asegura que todo se podría haber
evitado si Reinaldo Rodas, la persona que atropelló y que murió, no hubiera
estado circulando en bicicleta por Panamericana, ya que está prohibido. Es
verdad, pero si García no hubiera consumido más alcohol del permitido, nada
habría pasado. O sí. Pero ese sería otro caso.
Los datos que nos tienen que asustar
En el año 2012, según la Asociación Luchemos por la Vida, se
registraron 7.485 muertes por accidentes de tránsito en la República Argentina.
Esto significa 624 muertes por mes, es decir, 21 por día. Si las comparamos con
las estadísticas de los países desarrollados, las nuestras son aproximadamente
seis veces mayores.
Esos datos se ven en el andar de los vehículos por las
calles: la mayoría avanza con la luz amarilla, la mayoría estaciona donde no se
puede, circulan vehículos que no deberían, los límites de velocidad no existen,
los carriles no se respetan, las motos hacen lo que quieren, los peatones no
pueden cruzar por las sendas, o cruzan mal por el medio de la calle, y así se
pueden llenar hojas de palabras, de todo lo que se hace mal. Pero lo que se
necesita es otra cosa.
Es el momento de actuar
Parece mentira que un conductor que mató, que se comprobó
que estaba alcoholizado, esté libre. Claro, todos somos inocentes hasta que se
demuestre lo contrario. Pero, al menos en los casos mencionados, lo contrario
fue demostrado: había ingerido más alcohol del permitido por Ley vigente. Más
allá de que se puede o no circular en bicicleta por ciertas arterias, el nivel
de alcohol en sangre tiene un límite, que no se puede sobrepasar.
En lo que a inseguridad vial respecta, las sanciones son
mínimas y no hay dudas de que deberían elevarse. No sólo para los casos donde
haya muertes de por medio, no hay que esperar a tanto. Se debe penar con días
de cárcel, quita de registro y con multas del valor del vehículo conducido. No
se puede permitir estacionar donde a cada cual se le antoje. Las leyes están
para ser cumplidas, no para que cada uno las interprete a su conveniencia. El
delito de uno no es menor al delito del otro.

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