En la argentina de hoy, los votantes, al menos muchos de ellos,
se dejan influenciar fácilmente por los medios masivos de comunicación. Pero
aquí, lo fundamental, es que se tomen el tiempo necesario de leer la realidad,
de informarse, y de votar. No ir al cuarto oscuro, meter un papelito en el
sobre y que sellen el DNI, hablamos de votar.
Un pequeño repaso
Durante
mucho tiempo la Argentina se dividió entre radicales y peronistas y si bien
este no es lo correcto, estaba socialmente aceptado ya que eran las dos grandes
fuerzas políticas de los últimos 50 años. Ahora bien, al llegar el desinterés
social por la política con la fiesta privada de los ’90 seguido de la crisis
del 2001, nuestro país se encontró con un nuevo dilema: la política ha muerto,
que se vayan todos.
Luego
de un breve período donde asumieron y desertaron cuatro presidentes, llega al
poder el gran perdedor de las elecciones de 1999: Eduardo Duhalde. Las
políticas aplicadas fueron crudas, como un electroshock al corazón que dejó de
funcionar. Lastimaron las zonas más débiles, pero le dieron una chance de
recuperarse a los sectores más fuertes de la economía. Hizo lo que había que
hacer para resucitar el mercado, el trabajo sucio.
El quiebre
Con
más dudas que certezas, esa crisis causó, según Clarín, dos nuevas muertes; y
ya nada sería igual. Adelanto de elecciones y más de lo mismo: candidatos
repetidos o ignotos desconocidos que no lograban obtener mucho crédito. El
candidato oficialista, con la caja bajo el brazo logró apenas un tercer puesto,
detrás del voto bronca (en blanco) y del único presidente democrático en
terminar dos mandatos de nuestra historia. Ballotage.
No
ballotage. El viejo conocido no quería perder de forma abrumadora y prefirió
abandonar la contienda. Carlos Néstor Kirchner se convertía así en el nuevo
presidente de los argentinos. Un discurso prometedor que no cambio la visión
negativa de la población, política sigue siendo una mala palabra.
Mentiras verdaderas
Pero
este sureño no mintió, dijo que no había llegado hasta acá para dejar sus
principios en la puerta, y no lo hizo. Con una política económica de tinte
keynesiano, dispuso el timón hacia la fuerte inversión pública, a estimular el
consumo, las exportaciones y aumentar el empleo. Y esa misma política continuó
con Cristina a partir de 2007.
Los
números ratifican que la elección fue la correcta: el desempleo bajo hasta
estancarse en un dígito, el crecimiento económico apenas se vio afectado por la
crisis mundial que comenzó en 2008, sin embargo nunca se detuvo; records de cosechas,
de producción de autos, de consumo, de recaudación impositiva, de las reservas
del Banco Central, de la baja de la deuda externa.
Saliendo
de lo económico las políticas de derechos humanos fueron el mejor reflejo de
este gobierno, desde descolgar los cuadros de los genocidas de la ESMA hasta
juzgar a los artífices de la mayor tragedia ocurrida en nuestro país. La
decisión de no reprimir logró el dialogo con los movimientos piqueteros,
llegando a comprender cuáles eran sus reclamos reales y ofreciendo soluciones
concretas.
La
recomposición salarial aplicada a los jubilados y pensionados, la oportunidad
de jubilarse a cerca de dos millones de personas, el restablecimiento de
paritarias para los trabajadores, la Asignación Universal por Hijos (AUH), la
estatización de los fondos a la ANSES, la protección de la industria nacional
por sobre todas las cosas, la continua generación de empleo y muchas medidas
más.
¿Qué votamos?
Pero
todo esto, TODO esto se debe a saber aplicar medidas político-económicas adecuadas,
medidas ya pensadas por alguien, pero llevadas a la realidad por estos
políticos. Y en este año, esto es justamente lo que debemos elegir: POLÍTICAS,
no políticos. Votemos ideas, votemos propuestas, votemos con nuestra cabeza.
Sepamos porque votamos.
* Publicado en 2011 en un blog propio ya dado de baja
