9.7.09

Algo huele mal en el capitalismo

Desde que las hipotecas basura estadounidenses hicieron explosión en el centro del sistema capitalista dejándolo, como a un boxeador al borde del nocaut, tambaleante pese al continuo apoyo de los gobiernos de las potencias que de esta manera demuestran que sólo intentan mantener un sistema enfermo en el que sólo gana el que tiene el capital.
Al parecer todo indica que el capitalismo es un sistema que, teóricamente, no necesita la intervención estatal en el sector financiero-económico hasta que entra en una profunda crisis que afecta, sobre todo, a la población y entonces sale corriendo en busca del gobierno de turno para que aplique las medidas necesarias para salvaguardar el buen funcionamiento del sistema. ¿Qué medidas? Inyectar el mercado de dinero. ¿De qué manera? A través de las empresas afectadas por la debacle que ellos mismos provocaron. ¿La lógica? Mantener este sistema esclavista en donde el 1% de la población mundial tiene más del 80% de las riquezas.
Las políticas keynesianas nacieron luego del crack de la bolsa de Wall Street de 1929 originada por el sector bancario cuando, al ver que las acciones de las empresas a las que le habían prestado capital se desplomaban, decidieron exigir que les devuelvan el dinero. La población, al ver la inestabilidad del sistema, fue a retirar los fondos depositados. Obviamente los bancos no contaban con el dinero, ya que lo habían prestado. Muy parecido la mayoría de las crisis, los bancos, inundados por la avaricia, deciden arriesgar para ganar más.
Ante esta situación, John Maynard Keynes propuso una teoría económica en contraposición con la existente que prometía una autorregulación automática de los mercados que conducirían a un nuevo período de crecimiento económico. Keynes, por su parte, afirmaba que la inversión empresarial es fluctuante por lo que el Estado es quien debe convertirse en el instrumento económico activo y compensar la insuficiencia de inversión privada. Durante una recesión, las políticas económicas estatales deben apuntar a la reducción de la carga impositiva y, sobre todo, al incremento del gasto público, motor de la recuperación. De esta manera la brecha entre los períodos recesivos y los de crecimiento económico serían menores, logrando una mayor estabilidad y una mayor confianza en el sistema.
Mucho más allá que Keynes fue el alemán Karl Marx, quién afirma en El capital “que el capitalismo engendra crisis, miseria y opresión, y que es el escándalo de la pobreza y el hambre en medio de la opulencia y el despilfarro. Y que eso no es producto de los “excesos”, sino que está en la lógica misma de un sistema que se mueve en base a la mayor ganancia y la acumulación del capital. (1)
En definitiva, la teoría keynesiana no es más que, como en el caso de la gripe, una vacuna que sirve para ese año, porque el año que viene el virus puede mutar y debemos generar una nueva vacuna, y así sucesivamente. Al menos mientras el capitalismo siga siendo el sistema reinante. Quizás sea tiempo de tomar las medidas necesarias para no enfermarnos, quizás sea el momento adecuado para dejar de curar y empezar a prevenir.
Opinión de especialistas (2)
Paul Krugman (3) (New York Times, 14/10/2008): “¿Cuál es la naturaleza de la crisis? Los detalles pueden ser demencialmente complejos, pero los rasgos básicos son bastante sencillos. El estallido de la burbuja inmobiliaria ha producido grandes pérdidas para todos los que compraron activos respaldados por hipotecas; estas pérdidas han dejado a muchas instituciones financieras con demasiada deuda y muy poco capital para proporcionar el crédito que necesita la economía. ¿Qué se puede hacer frente a la crisis? La ayuda a los propietarios, aunque es deseable, no puede impedir las grandes pérdidas ocasionadas por los préstamos fallidos, y en cualquier caso, sus efectos serán demasiado lentos para mitigar el pánico existente. Lo natural sería, entonces, buscar la solución adoptada en muchas crisis anteriores, que es enfrentar el problema del inadecuado capital financiero haciendo que los gobiernos proporcionen a las instituciones financieras más capital a cambio de una parte de las empresas”.
Joseph Stiglitz, por su parte, agrega (Página 12, 21/9/2008): “Hemos aprendido que no se puede dejar a los bancos de inversión regularse a sí mismos. No se puede dejar a la Reserva Federal, que está aliada estrechamente a los banqueros, a cargo de toda la regulación del sistema financiero. Se suponía que la Reserva retiraba el ponche cuando la fiesta se volvía escandalosa, pero en su lugar echó más alcohol”.
¿Cuanto durará la crisis? “Veinte años si tenemos suerte, o menos de diez si las autoridades actúan con mano firme”, vaticina el editorialista neoliberal Martin Wolf.
Referencias:
1) José Castillo es economista. Profesor de economía política y sociología
política en la UBA. Miembro del EDI (economistas de Izquierda).
2) Extraído del texto: La vuelta de Keynes y Marx y la crisis del neoliberalismo,
José Castillo. Argenpress.
3) Paul Robin Krugman es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. Actualmente es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times y, también, para el periódico peruano Gestión y el colombiano El Espectador. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía.
4) Martin Wolf es director asociado y principal comentarista económico del Financial Times.

EL RESCATE DEL SIGLO

Entrado ya el siglo XXI, los bancos de inversión estadounidenses comenzaron a colocar su dinero en el mercado inmobiliario, con el cual se lograba un rendimiento considerado. Sin embargo, el destino de los prestamos fue a un sector de alto riesgo crediticio: clases bajas con ingresos fluctuantes. Los créditos subprime, como se llaman este tipo de préstamos, lograron una importante aceptación en la población del país del norte. Pero ahora llegó el momento de negociar esas hipotecas para volver a la liquidez anterior. Armaron unos bonos, llamados Collateralised Debt Obligations (CDO) los cuales recibieron las más altas calificaciones de las agencias especializadas en los análisis de riesgos y fueron negociados alrededor de todo el mundo esparciendo un producto sobrevaluado. Una bomba de tiempo.
Cuando alrededor de 2006 los valores de las propiedades perdieron el valor por el cual fueron hipotecadas y al venderlas, al haber mucha oferta, sólo consiguieron el valor menor posible, perdiendo el dinero de quienes confiaron depositando sus ahorros. De esta forma se generó una cadena de desconfianza entre los mismos bancas quienes prácticamente dejaron de prestarse dentro del mercado interbancario, o bien prestándose a tasas muy altas. En principio la especulación por obtener el mayor rendimiento posible por parte de los bancos, apostando ciegamente por los CDO, sólo dio como resultado una creciente desconfianza y así la falta de liquidez.
Aquí es donde entra en cuestión la intervención estatal: al no tener los bancos la liquidez necesaria para responder por los fondos que depositaron los contribuyentes, al desplomarse las acciones de los bancos de las potencias del norte, los estados liberales se vieron en la obligación de intervenir fuertemente inyectando miles de millones de efectivo (liquidez) en el sistema financiero tomando parte del capital privado, contradiciendo uno de los puntos más fuertes de la teoría de Adam Smith sobre la no intervención estatal, ya que esta solamente puede entorpecer la autorregulación del mercado.
En cierta forma, lo que hizo el estado es intervenir el sector financiero con fondos nuestros (del estado) para mantener el sistema capitalista que cada cierta cantidad de años nos muestra las falencias de la teoría llevada a la práctica. La reaparición del FMI a la primera plana de los diarios recomendando y dirigiendo nuevamente el rumbo económico a seguir no hace más que seguir acentuando el modelo neoliberal que marcó los noventa.