Las instalaciones de estos artefactos enfriadores de ambientes privados afectan notablemente al que no aprovecha de sus beneficios. El desagote puede convertirse en una provocadora molestia que puede sensibilizar nuestros nervios, logrando que el sólo hecho de intentar conciliar el sueño se convierta en una pesadilla.
Llueve y no ayuda. El malhumor matinal se ve potenciado por la altísima posibilidad de pisar una baldosa que moje nuestros pantalones o que, quizás, por esquivar una de estas bombas de agua camufladas, enchastremos nuestros calzados, así como nuestras narices, con excremento de perros. También gracias al propietario del can conseguiremos alguna que otra mirada de fastidio por el olor acarreado. Y recemos porque nos toque un caniche o algún salchicha.
Primera prueba superada. Llegué a la parada del 55 sin traer conmigo nada que no lo sea. La impredecible espera llega a su fin cuando el colectivo rojo dobla, sin previo aviso, sobre la esquina de Formosa y la Avenida José María Moreno. Subir no es un problema, sólo implica ubicarse correctamente entre la gente y donde cierra la puerta. Es como el Tetris y, ¿quién no jugó al Tetris?
A las pocas cuadras, un Vectra plateado comandado por otro “Pechito López” con carnet de conducir tramitado en la ventanilla de la esquina, que se ubico en la fila del semáforo para doblar a la izquierda de la avenida se arrepiente y, justo enfrente del mamut de las calles porteñas pintado de rojo con detalles en negro, decide retomar el tránsito que lo lleve al destino que motivo su desacierto. El enojo del domador de la bestia, esta vez, es justificado. No por mí, sino por todos los que estamos amontonados a su alrededor por obligación laboral. “Maneja cada pe… en este país”, dice una señora sin pelos en la lengua. Todos asentimos. Nosotros no manejamos, al menos esta vez.
Este primer tramo del rally hasta el trabajo llega a su fin. Es como la vuelta previa de las carreras de automóviles, corta pero lenta. Bajo por la puerta de adelante. Eso no se hace, pero estoy amenazado por la posibilidad de sufrir un aplastamiento humano. Las dos cuadras que separan ambos transportes son apenas segundos comparados con la posible espera. Esta vez las posibilidades son mayores, son dos los colectivos que puede llevarme hasta mi trabajo. Cruzo a mitad de calle (mal), tocan bocina. Levanto mi mano derecha pidiendo disculpas. Él sólo me levanta un dedo.
Al segundo trayecto lo disfruto, de alguna manera, pese a que es mucho más largo. Leo noticias, escucho la radio, generalmente voy sentado. No es placentero, pero es ameno. Llego a mi destino, espero que no sea el final. Rezaría porque no lo sea. Me disfrazo de bancario y comienza mi jornada. Si bien no es entretenido, este medio de sustento debe ser uno de los más apacibles: siete horas y media, cuarenta y cinco minutos para reponer energías, ambientes refrigerados y tareas de oficina.
La jornada comienza sin mayores sobresaltos. Y continúa de esta manera hasta el final de la atención al público. Si, sólo tenemos cinco horas de trato cara a cara con el cliente. Pero no todo es color de rosa. Excepciones hay en todos lados, y quizás no a todos les moleste. Sobre todo a los exencionados. Es típico encontrar en este trabajo al que se te acerca pidiendo datos, intentando evitar sacar el número obligatorio para todos. Y son esos mismo los que, al notar que otro recibió alguna atención personalizada, salen con los tapones de punta acusando y regañando al empleado, preso de una situación a la que no le gustaría pertenecer.
No recuerdo quien lo dijo, pero apoyo al movimiento secreto y anónimo contra las excepciones de los habitantes de este planeta, salvo las obvias. Aunque lo que se daba por norma social debe reverse, por cada uno de los que desean vivir en sociedad, para llegar a una nuevo acuerdo que satisfaga a la mayoría. Tampoco es que todo pasado fue mejor, desde ya que no, pero tampoco el presente es tan bueno como para conformarse. Todavía faltan varios pilares sociales obligatorios para una convivencia propia de un grupo de personas en un mismo espacio físico predeterminado.
El reloj marca el horario de salida y mi tiempo no debe perderse en otra cosa. Llamo a mi novia, la noto enojada. Un antisocial irrespetuoso le grita cosas por la calle. Lo manda a la mi… . El imberbe se enoja, ella no lo puede creer. “¿Nos vamos de este país?”, me dice. Pienso lo pensado en otros momentos. Razono. Hay miedos, pero cada día pierden terreno frente a las irracionalidades urbanas, sociales.
A veces pienso y siento que voy a contramano de la sociedad, cada vez que cruzo por la esquina, o que tiro los papeles en los cestos de basura, que dejo los asientos reservados para personas disminuidas físicamente sin haber siquiera pensado en ocupar su lugar, o la larga lista de pactos sociales que individualmente se pasan por alto, creo que actuar correctamente no es ser social, sólo nos convierte en excepciones de la sociedad. Hay días que también surge otro miedo, convertirme en uno más, formar parte de los imberbes antisociales.